Pon una ensalada en tu vida

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España lleva consumiendo ensaladas desde hace algo más de 2600 años, desde que los griegos llegaron a Emporión, Ampurias o Empordá, como se ha traducido al castellano y catalán. Los paisanos de Pitágoras, además de su filosofía y matemáticas, también trajeron sus costumbres culinarias a la que es considerada la primera colonia griega en la Península Ibérica. Y entre esas costumbres gastronómicas, estaban las hortalizas y verduras “cocinadas”; esto es sal, vinagre y el omnipresente aceite de oliva, alma de la gastronomía mediterránea. Con esto no quiero decir que en la península ibérica no se conociera la sal, el vinagre o el olivo, sino que la dieta de los celtas, íberos y celtibéricos era un poco más prosaica.

Esta historiografía de la ensalada forma parte de un portal llamado ‘www.ensaladas10.com‘, que nos explica las razones de porqué la ensalada, después de casi 3.000 años, continúa siendo la base de la cocina mediterránea y por qué se ha universalizado como lo hizo el fuego, la rueda, la imprenta o la bombilla de Edison.

A partir de aquí, considerando la ensalada como una pieza fundamental en la dieta de cualquier ser humano, como todo en la vida, este plato ha evolucionado. Y volviendo a ‘ensaladas10.com’, pues hay que recordar –y hablo por experiencia propia– que la ensalada hispánica, rehén de la lechuga, la cebolla y el tomate, ha logrado establecer relaciones duraderas con el pescado, la carne (no vale una hamburguesa con lechuga), la fruta, los frutos secos, algunas formas de pasta y hasta los lácteos, desde el queso de Burgos hasta el de Cabrales, y doy fe de ello.

No obstante al legítimo derecho de los pueblos del mundo a añadir estos y aquellos ingredientes, hay uno en particular que resulta imprescindible en cualquier ensalada: el aceite.

oil-822618_1280Por supuesto, de entre todos los aceites que se pueden producir, destaca el aceite puro de oliva Virgen Extra que, como se puede adivinar, se considera el Zeus en el panteón de los oléicos. Aún así, que “para gustos colores” y que no en todas las partes del mundo la tierra favorece al cultivo del olivo, la gama de aceites es tan amplia como lugares medianamente cálidos existen. Así, si a uno le gustan las ensaladas donde predomina la fruta, el aceite de coco es más que recomendable; es suave, aromático y combina con cualquier fruta. Para ensaladas donde se mezcla el lácteo (en formato yogourt o quesitos) con salados como la cebolla frita, el aceite de cacahuete, maíz o soja, no vienen mal al establecer una conexión entre lo amargo, lo salado y a veces lo dulce de la leche.

De vuelta a ‘ensaladas10.com’ y para glosar mi afirmación y no pecar de pedante, no hay que olvidar a los vinagres. El solitario vinagre de “vino blanco” se fue a encontrar con todo tipo de esencias y versiones que, parece ser, no tiene fin: vinagres de manzana, de vinos dulces y finos, con cebolla, hierbabuena, de sidra y hasta de frutos silvestres como la frambuesa.

Finalmente, pese a todo, yo prefiero no olvidar a ese arbusto solanáceo con un fruto tan noble como es la aceituna: el oro dorado que ha convertido a la ensalada en el único plato que, diariamente, pongo en mi vida.